Opinión
Por Marcelo Vera , 12 de junio de 2023 | 14:38

[Opinión] Para salir de la zona gris

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Columna de opinión del economista José Miguel Serrano.

Los chilenos están ensimismados con su capital y las grandes urbes. Pero no hay en aquella zona gris la alegría del presente y la fe en el mañana, sino una atmósfera destructora y peligrosa. Sin embargo, no es huyendo de esta realidad como la superaremos, sino que penetrándola valerosamente, aceptándola en su verdad, y tratando de cambiar nuestra fortuna. Por ahora, no hay más camino que cruzar la patria, llegar hasta sus cofines, como a los extremos de nosotros mismos. Después, allá lejos, sobre las llanuras verdes y los hielos eternos, puede que encontremos una respuesta. 

La patria está donde el destino nos hizo nacer, por muy mal que allí nos sintamos. Nuestra misión es penetrar su sombra, envolvernos en su drama, hasta que de nuestro esfuerzo un día surja una claridad. Este es el sentido místico de la tierra, donde muchos huyen de sus destinos. Pero Chile no podrá hacerlo, porque es demasiado hermosa su naturaleza y dramática la zona del planeta en que reside. 

El paisaje de Chile, el del sur del mundo, es además un paisaje psíquico y moral. Quien quiera que viaje por el sur sentirá que sus peligros no son físicos, sino morales. La selva aquí no es tropical, infestada de reptiles venenosos, animales feroces, pantanos, lianas podridas. Hay sólo la vegetación solitaria, el paisaje extático, la cumbre inmensa y de belleza evocadora. Sólo la lluvia, el aire sutil, insinuante, la soledad. La tierra, por lo general, es caminos; aquí abajo, en Chile, es final. Todo se acaba, se llega al fin del mundo material. 

La lluvia cae siempre. El agua crece, circula, se inmoviliza y transforma. La nieve se extiende sobre las cumbres. El peligro está en el agua, símbolo del inconsciente y de los terrores íntimos y profundos; y la salvación en las tierras postreras, patria de un espíritu límpido, cristalino, donde la naturaleza permite surgir como seres libres y sanos. En las grandes ciudades de cemento, sus habitantes carecen de la educación necesaria para comprender y adaptarse al entorno. Sus organismos psíquicos - obstaculizados por la imposición de un espíritu ajeno, foráneo y materialista -, no son aptos para sobrevivir. Sufren sin respiro los embates de la “urbe”. Sólo aclimatándose a los aires del sur, donde se respira una pureza que no existe en otros lugares, podrán adquirir las condiciones para vencer esa atmósfera gris. 

Las tierras postreras de la patria, surcadas de precipicios, de altas cumbres, de llanuras fértiles como no hay otras, de grandes bosques, con peñascos laminados por la lengua blanca de los hielos, son también una zona viva como ninguna. Es decir, están impregnadas por el espíritu de una raza misteriosa, que antiguamente las habitó y les entregó de sí lo más grande que es posible dar: un sentido, un alma, una leyenda que se incrustó hasta el fondo de su íntima realidad y le confirió consistencia al más escondido de sus accidentes geográficos. Esto sucedió con la vida libre y organizada de los selk’nam, y tantos otros; y que debería retornar en un futuro, si es que alguna vez en nuestro suelo tiene que florecer una vida auténtica, en la compenetración del hombre con su paisaje.

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