Opinión
23 de noviembre de 2025 | 10:05

Un cambio necesario: la apuesta por desdigitalizar las escuelas

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Por Juan Pablo Catalán, académico de Educación UNAB.

Suecia, ese país que durante décadas admiramos por su audacia educativa, ha decidido detenerse. Con un gesto simple pero profundamente simbólico, su gobierno vuelve a invertir en libros de papel y exige centros de recursos para el aprendizaje que respiren menos pantalla y más humanidad. No se trata de nostalgia por el olor a tinta, sino de una inquietud ética: ¿qué pierde un niño cuando la escuela deja de mirar sus ojos y empieza a mirar sus dispositivos? Inger Enkvist lo ha dicho con claridad: la desdigitalización no es retroceder, es volver a poner el aprendizaje donde siempre debió estar—en la relación, en la experiencia, en la comprensión profunda.

Lo que hoy ocurre en Suecia nos toca de cerca. En América Latina avanzamos con entusiasmo hacia la digitalización: celulares en el aula, plataformas de todo tipo, inteligencia artificial para casi cualquier duda. Pero en medio de ese fervor, la UNESCO (2023) nos recuerda que la tecnología no sustituye los principios pedagógicos, y la OCDE, en la voz de Andreas Schleicher (Primera Clase, 2022), insiste en que ningún algoritmo reemplaza la creatividad, la colaboración ni el pensamiento crítico. Allí está la advertencia: no confundir innovación con acumulación de dispositivos.

Porque la verdadera innovación —la que cambia la forma de enseñar y no solo la apariencia del aula— nace de las personas y de sus procesos, no del último aparato. Lo sabemos bien en Chile: nuestros lineamientos curriculares hablan de aprendizaje activo, trabajo con la comunidad, desarrollo integral. Sin embargo, ¿cuántas veces esos propósitos quedan atrapados en la urgencia de “modernizar” sin preguntarnos para qué? ¿En qué momento dejamos que las pantallas ocuparan el espacio que antes llenaban el juego, la curiosidad y la conversación?

Tal vez Suecia nos ofrece un espejo incómodo. No para rechazar la tecnología —sería absurdo en tiempos donde la IA redefine la profesión docente—, pero sí para recordar que una escuela sin imaginación es una escuela que se apaga por dentro. ¿Cómo equilibramos, entonces, el brillo de lo digital con la profundidad de lo humano? ¿Qué futuro construimos si un niño conoce mejor el menú de una app que el nombre de los árboles de su barrio?

En este escenario, los profesores vuelven a ser la brújula imprescindible. Son ellos quienes sostienen el hilo delicado entre tradición e innovación, entre cuaderno y plataforma, entre IA y patio de recreo. Nada de esto será posible sin su mirada, su criterio y su capacidad de reintegrar el juego, la creatividad y la colaboración como pilares del aprendizaje.

Quizás, al final, la pregunta que nos deja Suecia no es solo tecnológica, sino profundamente humana: ¿Seremos capaces de construir un Chile donde la tecnología ilumine el aprendizaje sin apagar la infancia que buscamos proteger?

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