Emergencias
13 de enero de 2026 | 13:04Dramático rescate en el Ranco: familia salva a bebé y seis adultos de naufragio
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Protagonista escribió una carta para narrar cómo la valentía y una cadena de decisiones evitó una tragedia este fin de semana tras el naufragio de un bote con siete tripulantes.
Por María Paz Bezanilla
Estábamos de vacaciones en el lago Ranco, celebrando un día muy especial: el cumpleaños número 92 de mi abuela. Era el 11 de enero de 2026 y estábamos reunidos en un almuerzo familiar en la terraza, mirando el lago y aprovechando los últimos minutos de sol, porque ya estaba pronosticada lluvia para la tarde. Ese mismo día venía llegando mi papá, Raúl, de 67 años, desde Santiago. Él es una persona clave en todo lo que vendría después: conoce el lago, sabe manejar la lancha incluso con olas grandes y tiene una capacidad extraordinaria para actuar con claridad y calma bajo presión y en situaciones de riesgo.
El lago Ranco es un lago maravilloso: de aguas cristalinas y heladas, rodeado de cerros, montañas, bosques y naturaleza. Cuando está calmo, transmite una tranquilidad muy especial, una calma profunda que se siente. Pero también es un lago de cambios bruscos. Cuando aparece el viento, ese paisaje dulce puede volverse agresivo y las olas se transforman en algo muy difícil de maniobrar, incluso para quienes tienen experiencia. Y eso fue exactamente lo que pasó ese día, cerca de las 3:00 de la tarde: el lago cambió de ánimo y pasó de estar manso a mostrar toda esa energía natural que lo vuelve tan poderoso.
Empezaron a caer las primeras gotas, así que tomamos nuestros platos —recordemos que aún estábamos en pleno almuerzo— y entramos a la casa. Fue en ese momento cuando mi hermana Sole se quedó mirando el lago y dijo: “Hay algo raro en el lago, ¿alguien lo ve?”. Inmediatamente salió Eugenia, quien nos ayuda en la casa, y comentó que ella también lo había notado. Entonces empezamos todos a mirar con atención, tratando de enfocar la vista hacia el agua. Sacamos los celulares, hicimos zoom una y otra vez para entender qué podía ser, pero estaba muy lejos y prácticamente no se distinguía nada. Pensamos que podía tratarse de algún objeto flotando o quizá una moto de agua que no lograba volver a la orilla por las olas. Eran solo suposiciones, porque lo único que veíamos era una manchita minúscula en medio del lago.
No sabíamos qué era lo que veíamos, pero sí sabíamos que había algo ahí. Y eso fue suficiente. Mi papá, Raúl, dijo simplemente: “Vamos”. Sin pensarlo mucho, se armó un grupo rápido, sin imaginar jamás con lo que se iban a topar. Partió mi papá, que tomó naturalmente el liderazgo; partió mi marido Polo, de 50 años, muy buen nadador; y partió también mi sobrina Lali, de 12 años, compañera fiel de su tata Raúl, que se subió sin dudarlo. En la playa se toparon con Braulio, el cuidador de la casa, marido de Eugenia, que también estaba mirando desde el muelle tratando de entender qué pasaba en el lago y decidió unirse a la misión. Su ayuda sería clave: Braulio es un hombre fuerte. Mientras se preparaban para salir, Polo, por precaución, se puso su traje de agua, sin saber todavía cuánto lo iba a necesitar.
Nuestra casa está en altura y para llegar al muelle hay una bajada muy empinada, por donde no puede bajar un auto, pero sí motos. Los demás nos quedamos arriba, observando todo desde la terraza, muy ansiosos, esperando que partieran rápido y poder entender qué había en el lago. Vimos la lancha alejarse poco a poco y, a medida que se iba perdiendo la distancia, también perdíamos los detalles de la escena. Lo que sí alcanzamos a notar fue que la lancha llegó hasta donde estaba ese objeto y que se demoraban muchísimo. No sabíamos qué estaba pasando, pero era evidente que algo no estaba bien. Mientras tanto, con el zoom de los celulares tratábamos de distinguir algo más y, en un momento, nos pareció ver que alguien estaba subiendo por la parte trasera de la lancha. Desde la casa sentimos alivio y hasta algo de alegría, pensando que quizá había alguien que necesitaba ayuda y que, al menos, ya no estaba solo.

Mientras nosotros mirábamos desde la casa, aliviados, pensando que quizás ya estaba todo más o menos bien, en la lancha el panorama era muy distinto. Al acercarse al lugar donde estaba esa manchita, se encontraron con olas grandes, viento fuerte y una visibilidad muy baja. El lago estaba difícil de maniobrar incluso para alguien con experiencia. Fue recién ahí, cuando llegaron al punto exacto, que comenzaron a darse cuenta de que no se trataba de un objeto ni de una moto de agua, sino de personas en el agua, en una situación mucho más grave de lo que cualquiera de nosotros había imaginado.
Cuando lograron distinguir con mayor claridad lo que estaba ocurriendo, entendieron la magnitud del problema. Había un bote pequeño que se estaba hundiendo y varias personas a la deriva. Algunos estaban aferrados a lo que quedaba del bote, otros flotaban más lejos, separados entre sí por las olas y el viento. El agua estaba helada y el cansancio ya se notaba en sus cuerpos. No era una situación controlada ni estable: era una emergencia real, con personas en peligro inmediato.
Entre esas personas, hubo dos escenas que de inmediato los alertaron. Por un lado, vieron a un hombre que flotaba casi sin reacción, claramente agotado. Y más allá, una mujer sostenía a una guagua de alrededor de un año y medio, pidiendo ayuda. Un tercer foco eran cuatro personas que se aferraban a lo que quedaba del bote que se hundía; entre ellas, dos menores de edad, uno de 12 y otro de 15 años. Todos estaban a merced del viento y de las olas, luchando por mantenerse a flote en un lago que ya no daba tregua. Fue evidente para quienes iban en la lancha que el tiempo jugaba en contra y que cada decisión debía tomarse rápido.
Frente a ese escenario, el grupo en la lancha entendió de inmediato que el peligro era inminente y que, si no actuaban rápido, la situación podía volverse mortal. De todos los focos, el que más los estremeció fue el de la madre con su bebé. Ella flotaba boca arriba, levantando a la guagua con los brazos para evitar que siguiera tragando agua, y con la poca energía que le quedaba pedía ayuda para su hijo. Era una guerrera, sosteniéndolo como podía en medio del viento y las olas. La primera reacción fue la de mi papá, que gritó: “Polo, tírate al agua ahora”. Ambos sabían, sin necesidad de decirlo, que los primeros a quienes debían ayudar serían la mamá y su guagua. Se miraron, se entendieron, y en ese mismo instante Polo se lanzó al agua para intentar llegar primero hasta ellos.
Polo se tiró al agua sin salvavidas ni flotador; lo único que tenía era un traje de agua que ayudaba un poco a que flotara. Apenas entró al lago sintió la fuerza del frío y de las olas, que lo empujaban. Avanzar no era fácil: cada metro costaba, pero aun así siguió nadando, concentrado, sin perder de vista a la mamá y a su guagua, sabiendo que no podía demorarse y que cada segundo era clave.
Cuando Polo logró llegar hasta ellos, lo primero que hizo fue hablarle a la madre. Le dijo que estuviera tranquila, que iba a ayudarla. Ella no quería soltar a su guagua; llevaba demasiado tiempo sosteniéndola y luchando para mantenerla fuera del agua. Estaba agotada, pero seguía firme, aferrada a su hijo con lo último que le quedaba de energía.
Polo habló con ella, con mucha calma. Le dijo que ya estaban ahí, que la iba a ayudar, y le pidió una sola cosa: que estuviera tranquila y que no lo tirara hacia abajo. Él estaba sin salvavidas y sabía que, si ella entraba en pánico o se le subía encima, podían hundirse los dos. Necesitaba que confiara. Ella lo miró, lo escuchó y entendió que Polo estaba consciente, presente y en control de la situación. Entonces, con mucho esfuerzo, le pasó a su guagua. En ese instante comenzó el regreso de Polo hacia la lancha, ahora con el bebé en brazos.
La vuelta de Polo hacia la lancha con la guagua fue todo un suceso. El viento estaba muy fuerte y avanzar en el agua se hacía cada vez más difícil. Al mismo tiempo, las olas complicaban mucho las maniobras de la lancha, que no podía acercarse sin riesgo. Todo debía coordinarse con cuidado: Polo nadando con esfuerzo, protegiendo a la guagua, y la lancha tratando de posicionarse en el momento justo para poder recibirlos sin provocar un accidente mayor.
Después de varios intentos y de enfrentar las olas una a una, Polo logró acercarse lo suficiente a la lancha. En ese punto, el trabajo en equipo fue fundamental. Desde la lancha, Braulio se preparó para recibir a la guagua, usando toda su fuerza para ayudar en el traspaso, mientras mi papá maniobraba con precisión para mantener la lancha lo más estable posible. La guagua pasó de los brazos de Polo a los de Braulio y, de inmediato, fue entregada a Lali, que la sostuvo con cuidado y firmeza. Su rol fue clave: la guagua no podía quedar sola y, si alguno de los adultos hubiese tenido que sostenerla, no habrían podido seguir ayudando a rescatar al resto de las personas que aún estaban en el agua.
Apenas la guagua estuvo a salvo en la lancha, Polo volvió de inmediato hacia la madre. Le habló con calma, le dijo que su bebé estaba bien y que ahora iban a salir juntos. Subir a un adulto en esas condiciones era extremadamente difícil: la lancha se movía sin parar, las olas eran grandes y los movimientos muy bruscos. Había que esperar el momento exacto, cuando la ola bajaba, para tomar a la persona, y luego aprovechar la subida de la ola, sumando esa fuerza
a la de los dos adultos en la lancha para poder izarla. La madre estaba completamente agotada, sin energía para ayudarse a sí misma. Con coordinación, paciencia y mucha fuerza, Braulio y mi papá finalmente consiguieron subirla a bordo.
Cuando lograron subir a la madre a la lancha, ella estaba completamente ida. No sabía bien qué había pasado ni dónde estaba; tenía muy pocas reacciones y estaba en estado de shock. Se notaba, además, que presentaba claros signos de frío extremo, con síntomas que hacían pensar en principios de hipotermia. La sentaron en el asiento del copiloto, casi sin respuestas. Mientras tanto, Lali sostenía a la guagua, que tampoco lloraba ni reaccionaba; estaba igual de ida, con el cuerpo frío y signos similares a los de su madre. Trataron de abrigarlas lo mejor posible con lo que tenían a mano, porque no habían salido preparados para una situación así. Una vez asegurada la madre en la lancha y con la guagua en brazos de la Lali, partieron de inmediato en búsqueda de la tercera persona a la deriva.
La tercera persona estaba a la deriva, flotando con dificultad, con una mano levantada sosteniendo un celular. Más tarde supimos que llevaba un buen rato intentando pedir ayuda, llamando a Carabineros y buscando señal sin éxito; por eso mantenía la mano en alto, como si fuera su única forma de hacerse ver. Cuando lograron acercarse, se dieron cuenta de que se trataba de un hombre adulto, grande, en muy malas condiciones. Estaba completamente ido, sin fuerzas y sin capacidad de interactuar; Polo apenas pudo tener contacto con él, más allá de confirmar que seguía con vida. Lo arrastraron como pudieron hasta la lancha, donde mi papá y Braulio esperaban para repetir la compleja maniobra de aprovechar el movimiento de las olas y subirlo. Lograron ponerlo sobre la plataforma trasera de la lancha, pero quedó completamente botado, sin reacción, incapaz de moverse por sí mismo. Necesitaban que ayudara, porque era muy grande y aún quedaban personas por rescatar. Le hablaban, le pedían que reaccionara, que atinará, que se moviera un poco para poder continuar con el rescate. Con muchísima dificultad, tomándolo desde donde podían y usando esa plataforma como una especie de escalera improvisada, lograron pasarlo rodando hasta uno de los asientos de la lancha. Ahí quedó tendido, con muy poca reacción; había tragado mucha agua y su primera respuesta fue comenzar a vomitar, intentando expulsar todo lo que llevaba dentro.
Aún quedaban cuatro personas más, aferradas a lo que quedaba del bote que se hundía lentamente. Entre ellas había dos menores de edad, de 12 y 15 años, y dos adultos. El shock en el que estaban era evidente. Cuando lograron acercarse a la lancha —que subía y bajaba violentamente entre olas muy grandes—, el miedo se hizo aún más visible. En el primer contacto, se aferraron con muchísima fuerza a unas manillas de la lancha y no los querían soltar. Era una reacción pura de supervivencia: después de tanto tiempo luchando en el agua, sus cuerpos necesitaban agarrarse de algo firme, algo que no se estuviera hundiendo. Pero para poder subir, debían soltarse, y eso les resultaba casi imposible. Mi papá les hablaba con calma, explicándoles que tenían que confiar, que se soltaran, que estaban ahí para ayudarlos y que no los iban a dejar. Con paciencia, coordinación y mucho esfuerzo entre Polo, Braulio y mi papá, lograron finalmente hacerlos entrar a la lancha. Uno a uno, las últimas cuatro personas quedaron a salvo a bordo.
Antes de partir, se tomaron unos segundos para asegurarse de que el rescate estuviera completo. Les preguntaban si estaban todos, cuántos eran, si faltaba alguien. Les preguntaban cómo se llamaban, qué día era, hacia dónde iban, tratando de ayudarlos a ubicarse y, al mismo tiempo, confirmando que nadie hubiera quedado atrás.

Recién cuando tuvieron la certeza de que estaban los siete, pudieron pensar en volver.
Desde la casa no dimensionábamos para nada la magnitud de lo que estaba pasando. Sabíamos que la lancha se estaba demorando, pero en ningún momento pensamos que se tratara de algo tan grave. De hecho, imaginábamos escenarios mucho más livianos: quizás una moto de agua que había tenido un accidente menor y no había podido volver, dos personas mojadas que necesitaban ayuda, nada más. No estábamos en alerta máxima, no sentíamos que estuviéramos frente a una emergencia de esta magnitud. Pensé que quizá podía llegar alguien con frío y, casi por intuición, se me ocurrió prender la chimenea. Recuerdo haber dudado incluso de esa decisión, pensando que tal vez estaba exagerando. También pusimos a calentar agua en el hervidor, por si las personas que llegaban querían tomarse un té caliente y entrar un poco en calor. Eso fue todo lo que hicimos, siempre con la sensación de que probablemente no era para tanto.
Fue entonces cuando sonó el teléfono. La instrucción fue breve y directa: “Bajen las motos y bajen toallas”. Nada más. Y solo con eso entendimos que alguien no estaba bien, que no iba a poder subir caminando por la pendiente y que necesitaba ayuda. Ahí fue cuando mi hermana Sole partió de inmediato en una de las motos hacia el muelle, llevando toallas, mientras nosotros seguíamos sin imaginar, todavía, lo que realmente estaba por llegar.
Estábamos a la espera de que llegaran cuando, de pronto, el ambiente de la casa cambió por completo. Mi hermana Sole entró con una guagua en brazos. Era una guaguita de alrededor de un año y medio, completamente morada, helada, sin reacción, todavía con un salvavidas puesto. Sole gritaba: “¡Agua caliente, agua caliente!”. Recuerdo que a mí me costó procesarlo. Yo tenía la chimenea prendida y el hervidor con agua caliente, y mi primera reacción fue pensar en llevarla hacia el calor de la casa. Pero Sole insistía: “No, no, agua caliente”. Fueron segundos —quizás treinta— en los que me costó entrar en alerta y entender la gravedad de lo que estaba pasando. Ella, en cambio, ya estaba completamente enchufada y sabía que había que actuar rápido para hacer entrar en calor a esa guagua que venía sin reacción.
Después nos contó que, al recibir a la guagua en el muelle, le habló a la mamá —que también estaba en estado de shock— y le dijo quién era: “Soy Soledad, mamá de cuatro hijos. Dame permiso para llevarme a tu guagua, la voy a cuidar y va a estar bien”. La madre asintió, y Sole tomó a la guagua en brazos. Le pidió a Braulio que la subiera en una moto, indicándole que fueran despacio, porque era una guaguita muy chica. Sin embargo, en la subida desde el lago hacia la casa, Sole notó que la guagua empezaba a quedarse dormida, que los ojitos se le iban. Eso la asustó profundamente y le pidió a Braulio que acelerara. Mientras subían, ella le cantaba canciones de cuna, tratando de mantenerla despierta, hasta que llegó a la casa gritando: “¡Agua caliente, agua caliente!”.
Nuestra casa no tiene tina, solo duchas, así que no teníamos las condiciones adecuadas para calentarla de inmediato. Fue Sole, muy lúcidamente, quien pensó en improvisar. Teníamos unas cajas plásticas grandes donde guardábamos cosas, y me pidió que sacara todo para poder usarlas como tina. Yo seguía sus instrucciones, todavía intentando entender la magnitud de lo que estaba ocurriendo. En el baño, Sole evitó exponer a la guagua a un shock térmico: mojó toallas en agua tibia y comenzó a envolverla con cuidado, arropándola poco a poco. Después supimos que la guagua se llamaba Ethan. Con el paso de los minutos, empezó lentamente a reincorporarse. Aun así, al tocarla seguía muy helada y el color morado de su piel tardó mucho en desaparecer. Hasta que, finalmente, la guagua lloró. Fue la primera reacción normal que vimos, y ese llanto fue un alivio inmenso.
Para quienes estábamos arriba en la casa, el impacto ya había sido enorme al ver entrar a una guagua en ese estado. Pero jamás imaginamos cuántas personas más venían. Primero llegó una, luego otra, después otra más. Cuando iban cuatro, pensamos: “Ya, son cuatro”, y empezamos a organizarnos. Pero de pronto llegaron dos más, y luego otra persona más. De un momento a otro, había siete personas mojadas de pies a cabeza, congeladas, temblando, tratando de entrar en calor. Fue ahí cuando realmente dimensionamos la magnitud de lo ocurrido: un bebé y seis personas más habían estado a punto de no lograrlo. Había dos niños —uno de 12 años, Ángel, y otro de 15—, adultos completamente en shock y Víctor, el dueño del bote, que no dejaba de llorar. Todos reaccionaban de manera distinta, recién empezando a procesar lo que habían vivido.
A medida que iban llegando, sobre todo los últimos, empezaban a preguntar con angustia: “¿Hay una mujer acá?”, “¿Están todos?”, “¿Falta alguien?”. No tenían recuerdos claros del rescate en la lancha; estaban desorientados, tratando de entender dónde estaban y quiénes habían logrado salir. Nosotros nos pusimos en modo alerta total. Sacamos ropa seca de todos lados, toallas, calcetines, polerones, lo que hubiera. Ayudamos a secarlos, a abrigarlos, a sentarlos juntos, a calmarlos poco a poco. Les ofrecimos té caliente, pan, galletas. Tratábamos no solo de dar calor físico, sino también de contenerlos, de acompañarlos mientras comenzaban, lentamente, a entender que estaban vivos y que estaban todos.
Con el paso de los minutos y mientras todos comenzaban a entrar un poco en calor, las cosas empezaron a verse con mayor claridad. Fue también el momento en que tomamos real conciencia de cómo cada reacción había sido casi una iluminación, una cadena perfecta de decisiones que permitió que todo saliera bien. Nada fue al azar. Fue un trabajo en equipo profundo, intuitivo y generoso. Eugenia y Rosita estuvieron atentas a cada detalle, preocupadas de lo pequeño y de lo urgente, siendo fundamentales en todo el proceso. Lali fue clave al cuidar a la guagua, permitiendo que los adultos siguieran rescatando. Sole reaccionó con una claridad impresionante en el momento más crítico. Mi mamá, apenas pudo, se sumó a apoyar y contener. Los niños, al ver a otros niños con frío, fueron a buscar sus propias zapatillas, pantalones y ropa para prestarlas. Braulio, Polo y mi papá que fueron realmente héroes, actuadno con una coordinación admirable, y Horte llegó corriendo desde abajo para avisar que había que llamar a Carabineros y a la ambulancia de manera urgente. No puedo dejar de nombrar a la Armada del Lago Ranco y a la ambulancia del SAPU, que nos ayudaron con la mejor disposición.
Con el correr del tiempo, comenzaron a organizarse las salidas. La ambulancia se llevó a quienes estaban más comprometidos: la mamá, la guagua y el papá del bebé, para ser evaluados con mayor profundidad. El resto partió junto a mi papá hacia el SAPU, para asegurarse de que todos estuvieran bien y que nadie quedara sin revisión. Antes de irse, hubo abrazos largos, miradas cargadas de emoción y palabras que salían entrecortadas. La mamá no podía dejar de llorar; había momentos en que recordaba lo vivido y volvía a estremecerse. Tratamos de acompañarla, de decirle que había sido valiente, que había protegido a su guagua y que lo había logrado. Víctor, el dueño del bote, también estaba muy afectado, llorando sin parar, y sentimos la necesidad de decirle que no era su culpa, que lo importante era que todos estaban vivos. Los niños, todavía en shock, escuchaban en silencio. Se fueron juntos, aún procesando lo ocurrido, sabiendo que esa noche no sería fácil, pero también conscientes de que habían recibido una segunda oportunidad.
Con el paso de las horas, y ya más en silencio, me di cuenta de algo que todavía me da pena: en medio del shock y de todo lo que hubo que hacer y decidir, no alcancé a preguntar los nombres de todos. Tampoco tomé ninguna fotografía. No se me cruzó por la cabeza; me habría parecido completamente inapropiado. Lo único que tengo es la memoria. Recuerdo con claridad al niño que se llamaba Ángel, al dueño del bote, Víctor, y al bebé, Ethan. No recuerdo el nombre de la mamá de Ethan ni el de las otras personas, y me habría gustado poder nombrarlos a todos. También me habría gustado tener una imagen para acompañar este relato, pero no la hay. Solo queda el recuerdo y la necesidad de dejarlo escrito.
Porque, al final, de algo tan duro también emergieron cosas profundamente humanas. Fue una segunda oportunidad. Fue unión, fuerza, amor, comprensión y apoyo. Fue ver cómo, frente a un accidente terrible, afloró lo mejor de muchas personas actuando juntas. También fue una lección sobre el respeto a la naturaleza. A veces, como humanos, nos creemos invencibles, creemos tener el control, pero cuando la naturaleza se manifiesta, no hay nada que discutirle. Solo queda respetarla. Ese día, el lago estuvo a punto de llevarse siete vidas. Y no es que se las hayamos quitado ni desafiado; más bien, el lago las devolvió. Nos permitió actuar, nos dejó llegar a tiempo. Hoy no queda una tragedia, queda una historia. Y, por suerte, queda un recuerdo vivo, una conciencia más profunda y un relato que vale la pena guardar para no olvidar lo frágiles que somos y lo poderosa que puede ser la humanidad cuando actúa unida.

