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13 de febrero de 2026 | 22:12

Analogías entre la Patagonia, La Tempestad de Shakespeare y nuestra plaza pentagonal

  Atención: esta noticia fue publicada hace más de 23 días
La analogía de hoy busca un surgimiento, una belleza escondida, un trueno brutal y necesario.
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Hay días en que uno cruza la plaza de Coyhaique sin pensar demasiado en su forma, apurado por el viento o por la costumbre, y sin embargo basta detenerse un instante, quedarse mirando el modo en que las calles convergen hacia ese centro inevitable, para advertir que el lugar posee algo que excede la simple planificación urbana.

Algo que invita a pensar en otras ciudades y en otras historias, como si la geometría misma del espacio guardara una memoria ajena que se fue acomodando con el tiempo hasta volverse parte natural del paisaje cotidiano. 

En esas caminatas lentas, cuando los autos circulan sin estridencias y las conversaciones se disuelven en el aire frío, aparece inevitable la comparación entre esta plaza austral y la vieja l’Étoile parisina, no porque Coyhaique busque parecerse a París ni porque el viajero quiera engrandecer la escena, sino porque ambas parecen responder a una misma idea: la necesidad de un establecer un centro desde donde ordenar el mundo, aunque el mundo que rodea a cada una sea radicalmente distinto.

La plaza nuestra reúne caminos, y quien la observa desde uno de sus vértices siente que toda la ciudad respira allí, como si las personas llegaran y partieran siguiendo una lógica que ya no necesita explicación. Los niños cruzan corriendo, los comerciantes saludan con familiaridad, los turistas intentan orientarse mirando mapas que el viento insiste en doblar, y todo transcurre con una calma que desarma la imagen de Patagonia como territorio exclusivamente salvaje o aislado. 

Es en ese momento, mientras uno escucha fragmentos de conversaciones o el ruido de una motocicleta que se pierde hacia las afueras, cuando empieza a surgir una pregunta más antigua: quiénes somos realmente los que habitamos este extremo del mundo y por qué tantas veces se nos ha contado desde afuera antes de permitirnos hablar por nosotros mismos.

Los antiquísimos cazadores flecheros

Muchos años atrás, Europa imaginó estas tierras antes de conocerlas, y las imaginó desde sus propios relatos. La literatura caballeresca hablaba de cazadores flecheros cubiertos con pieles, personajes que parecían más cercanos a la fantasía que a la historia, y cuando los navegantes llegaron al sur encontraron en esos relatos un molde conveniente para nombrar lo desconocido. Así nacieron los patagones, mezcla de observación incompleta y deseo de aventura, y así también comenzó un proceso largo en el que la ficción comenzó a ocupar el lugar de la realidad, instalando imágenes que todavía persisten en la manera en que se piensa la Patagonia. No era necesario que los hechos coincidieran exactamente con los relatos; bastaba con que fueran verosímiles para quien escuchaba en las cortes europeas, lejos del viento real y de las distancias que aquí marcan la vida diaria.

El ínclito viajero

En las conversaciones con los mayores, en esos relatos que sobreviven en la memoria familiar, aparece con frecuencia la figura del viajero que llega buscando historias extraordinarias, dispuesto a escuchar aquello que confirme sus expectativas, y entonces uno entiende que el intercambio no fue nunca inocente: los habitantes del lugar también aprendieron a narrarse de acuerdo con lo que el visitante quería oír, construyendo versiones que luego viajaban de regreso al norte convertidas en verdad. El galés Esteban Lucas Bridge, recordado en tantas conversaciones antiguas, escribió sobre estos encuentros y dejó ver cómo la curiosidad del extranjero y la creatividad del habitante local se mezclaban en una zona difusa donde la historia y la invención coexistían sin conflicto aparente.

La Tempestad de Shakespeare

Con el tiempo, esas imágenes encontraron eco en la literatura universal, y así aparece Shakespeare con La Tempestad, obra escrita sin conocer este territorio, pero capaz de ofrecer una clave inesperada para pensarlo. Calibán, el habitante de la isla dominada por Próspero, ha sido leído muchas veces como símbolo del sujeto colonizado, del ser al que se le impone un lenguaje y una mirada ajena, y aunque resulte improbable pensar que el dramaturgo inglés tuviera en mente la Patagonia, la comparación surge casi naturalmente cuando uno considera cómo esta región fue descrita durante siglos: distante, misteriosa, disponible para la exploración y el aprovechamiento externo.

Mientras camino por la plaza y observo cómo la ciudad sigue su ritmo habitual, me pregunto si acaso no existe algo de Calibán en esta condición de periferia que aprende a convivir con definiciones construidas lejos de aquí. Próspero podría ser el conquistador de ayer o el inversionista de hoy, la autoridad que imagina el territorio como recurso antes que como comunidad, y Ariel podría ser esa parte de nosotros mismos que a veces adopta con entusiasmo los discursos externos, convencida de que la validación llega siempre desde otros centros. Sin embargo, la vida cotidiana desmiente cualquier simplificación: las personas que conversan en los bancos de la plaza, los jóvenes que regresan después de estudiar fuera, los antiguos pobladores que recuerdan un Coyhaique más pequeño, todos ellos participan de una identidad en movimiento que no cabe del todo en ninguna categoría literaria.

La coexistencia que incita

La Patagonia aparece entonces como un espacio donde las definiciones se negocian constantemente. Hay días de cielos abiertos que justifican la admiración del viajero, y hay jornadas en que el viento obliga a agachar la cabeza y continuar caminando sin ceremonias; hay modernidad tecnológica conviviendo con prácticas antiguas, aislamiento y conexión simultáneos, silencio y conversación extendida junto al fuego. Esa coexistencia, más que cualquier mito, es la verdadera materia de la crónica, porque revela una región que no es ni reserva ni frontera vacía, sino territorio vivido, discutido y reinterpretado por quienes lo habitan.

Al regresar nuevamente al centro de la plaza, uno entiende que la comparación con l’Étoile no es un gesto de vanidad sino una forma de reconocer cómo las ideas viajan y cambian al tocar el suelo. París organiza su tránsito desde un centro que representa poder e historia acumulada; Coyhaique organiza el suyo desde un centro que sirve para encontrarse, para orientarse, para recordar que incluso en el fin del mundo existe un orden construido colectivamente. Allí, entre avenidas que parten hacia distintos paisajes y direcciones, la figura de Calibán se vuelve menos trágica y más humana, menos símbolo y más experiencia concreta.

Quizás la mayor enseñanza sea que la Patagonia ya no necesita ser imaginada como un monstruo ni como una promesa exótica. Puede pensarse, más bien, como una conversación continua entre pasado y presente, entre relato heredado y experiencia directa, una conversación que se escucha en las calles de Coyhaique cuando cae la tarde y la plaza vuelve a llenarse de pasos conocidos. Y en ese instante, mientras las luces comienzan a encenderse y el viento vuelve a recordar su presencia, la vieja obra de Shakespeare deja de ser una referencia lejana para convertirse en una herramienta silenciosa que ayuda a mirar mejor lo propio, no para confirmarlo todo, sino para seguir preguntándonos quiénes somos en este extremo del mapa y qué historia queremos contar cuando finalmente hablamos con nuestra propia voz.

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