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Por Oscar aleuy , 13 de diciembre de 2025 | 11:45¡Ay! ¡Qué Coyhaique! (Como lo llama la nieve)
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Sesenta y ocho años después, Coyhaique todavía no regresa. Insiste. Vuelve como vuelven los inviernos mal curados, con un crujido en las bayetas del tiempo y ese olor a leña mojada que no pide permiso para entrar en la memoria.
1956 no fue un año: fue un estado del cuerpo.
Las tardes se doblaban sobre sí mismas y las familias mateaban como si el mundo pudiera sostenerse a cacareos de bombillas, mirando la lluvia caer con una fe que hoy parecería obscena. En los altozanos anchos, el aire respiraba solo. Había siluetas quietas, cuerpos recostados, lámparas que ya sabían que el invierno no iba a pedir disculpas.
Las palabras estaban presas. No porque faltaran, sino porque decirlas era peligroso. El viento pasaba breve, como si tuviera miedo de quedarse, y en ese pasaje fugaz se filtraba la vida entera, apretada, sin promesas.
Para no despertar sospechas
Coyhaique era entonces un pueblo que caminaba despacio para no despertar sospechas.
En Ignacio Serrano con Bilbao, seis postes de alumbrado yacían enterrados bajo dos metros de nieve blanda, como soldados vencidos por una guerra sin enemigos visibles. Los obreros municipales intentaban levantarlos con una obstinación casi cómica, como si enderezar un poste pudiera enderezar el destino de una pampa y sus calafates. La gente pasaba en silencio, fumando, dejando escapar de la boca un vapor que parecía el alma misma queriendo huir.
Había noticias. Siempre había noticias.
Las noticias volaban. Que llegaría azúcar en el primer vapor, como si el dulce fuera una forma de salvación. Que nacía un niño robusto, que no se parecía a papá, que alguien regresaba de Santiago, que otro venía desde Comodoro, que un cuerpo mejoraba y otro seguía delicado, como si el pueblo llevara un registro minucioso de su propia fragilidad. Se bautizaban niños, se anunciaban matrimonios, se inauguraban bodegas con convites, porque incluso en la escasez alguien tenía que brindar por algo.
Dos teatritos había ya y resistían como templos del olvido. El Colón prometía venganzas y el Rex ofrecía agonías amorosas, mientras el verdadero milagro era la calefacción constante que invitaba a quedarse dos horas lejos del frío y de uno mismo. Afuera, el Circo Rex llegaba en las bodegas de los barcos, trayendo payasos flacos, trapecistas congelados y una alegría fatigada que duraba lo que duraba la función. Después, cada uno volvía a su invierno personal.
La política se reunía en casas particulares. La educación abría matrículas con solemnidad y los propios profesores normalistas iban a buscar alumnos a las casas de campo. Los clubes celebraban aniversarios como quien celebra haber sobrevivido. Se anunciaban ferias, leyes, puertos libres que prometían revoluciones económicas, como si el futuro fuera un animal al que bastara nombrar para que apareciera.
Hasta los aviones parecían una exageración. Cinco horas a Santiago sonaban a ciencia ficción, y Balmaceda, ni se pensaba. Como si el progreso necesitara ser vigilado para que no se escapara.
Hoy, todo eso vuelve sin avisar. No como nostalgia, sino como una pregunta incómoda: ¿éramos más pobres entonces, o simplemente sabíamos esperar?
Coyhaique, en 1956, no soñaba con el futuro. Se conformaba con resistir el día. Y tal vez por eso, medio siglo después, sigue apareciendo en la memoria como un lugar que no promete nada… pero tampoco miente.

Que el valle muerda
Pero Coyhaique no se dejaba administrar. Nunca fue un pueblo para las visitas ilustres ni para las agendas limpias. Cuando llegaron las autoridades —con sus abrigos bien cortados, sus botas nuevas y ese optimismo administrativo que dura lo que dura un saludo— se encontraron con un territorio que no pedía auxilio, pero tampoco ofrecía garantías.
Aquí la gente de antes parece que no vivió. Sí se expuso a morir de frío, por un accidente en el camino, de silencio, de alcohol mal curado o de un paso mal dado sobre la nieve. Moverse era un riesgo. Quedarse, también. El clima no era un telón de fondo: era un actor principal, impredecible, mal genio, capaz de arruinar cualquier discurso en cinco minutos.
Las autoridades estaban en Puerto Aysén a 80 kilómetros y sin caminos. Al llegar, cada tres meses, miraron alrededor buscando orden, estadísticas, soluciones rápidas. Y el pueblo les devolvió miradas largas, cansadas, como diciendo:
—¿Van a quedarse o sólo vienen a explicar por qué no se puede hacer nada?
Porque en Coyhaique no se muere por tragedias heroicas. Se muere por rutina, por salir a buscar agua cuando el viento decide girar.
Por empujar una puerta que no quiere abrir. Por cruzar la calle cuando la nieve parece dócil y resulta traicionera. Siempre, siempre, siempre al borde.
—¿Y no han pensado en cambiarse de pueblo, cabros? —preguntó alguno, medio en broma, medio en serio.
La pregunta quedó flotando como una ofensa educada.
¿Cambiarse a dónde? ¿A qué lugar? ¿Donde el peligro sea más higiénico, menos aburrido o más cómodo?
Aquí, para olvidar las penas, se traían mujeres desde Puerto Montt.
No por maldad, sino por urgencia. Para llenar las noches de ruido humano, para meterse en el alcohol hasta reventar, para hacerle trampa al frío con cuerpos calientes, con risas exageradas, con placeres que duraban lo que duraba la madrugada antes de que el invierno volviera a pasar lista.
Coyhaique era aburrido sólo para quien no escuchaba. Inédito sólo para el que no sabía mirar. Simple sólo para los que nunca tuvieron las manos moradas de frío y el corazón ardiendo como si estuviera siempre en llamas.
Porque había una mansión invisible levantada en medio del viento.
Una casa enorme hecha de crujidos, sombras largas, risas nocturnas, pasos que resonaban en calles vacías. El paraíso no estaba en el clima ni en el progreso: estaba en la obstinación. En seguir. En levantarse. En volver a encender el fuego, aunque el viento lo apagara diez veces.
Bajo los envaralados, donde jamás florecieron rosas, la gente igual las buscaba. Las buscaba en los gestos mínimos: en el mate compartido, en la mano que empujaba otra mano, en la carcajada que rompía el silencio como si se quebrara un vidrio.
Coyhaique ofrecía resistencia.
Vi morirse a mis amigos. A algunos de mis parientes también.
Así, sin ceremonia. Como se mueren las cosas en la pampa: despacio por fuera, de golpe por dentro. (Parece que esta lluvia jamás se calla, qué horror).
Vi alejarse las carretas con ese crujido de huesos viejos que hacen las ruedas cuando ya no creen en el camino. Escuché mugir de dolor a los bueyes, ese mugido largo que no es de animal sino de fatiga. Vi relinchar a las yeguas mal amansadas, golpeando el suelo como si quisieran partirlo en dos para escaparse de la intemperie.
Pero ya era tan tarde. No volvieron los grupos de esquiladores.
Como si la pampa se los hubiera tragado sin devolver ni un botón, ni un cuchillo, ni una historia para contar en las ruedas del fogón.
Ni siquiera ha terminado de nevar y ya van siete muertos.
Siete. Los traen colgados de las chiguas, balanceándose como sacos inútiles, con la cabeza vencida y los ojos cerrados, como si todavía no entendieran en qué momento el frío les ganó la pulseada. El viento los mece con una delicadeza cruel, casi piadosa. A lo lejos se siente llorar a las plañideras. Se ganan la vida llorando. Es un llanto antiguo, aprendido, heredado, que no necesita explicación porque siempre hay un muerto nuevo para justificarlo. El sonido se mete por las rendijas de las casas, se posa en los techos, se mezcla con el golpeteo interminable de la lluvia.
Hasta las autoridades, cuando llegan esas comitivas, parecen estar muriendo.
Se bajan de los vehículos con la cara desencajada, los labios apretados, el cuerpo encogido, como si el pueblo les estuviera cobrando algo apenas pisan la tierra. Caminan torcidos, incómodos, ajenos, como visitantes en un velorio que no les pertenece, pero los alcanza igual.
Y yo miro este pueblo angosto, flacuchento, descalibrado. Estas calles que parecen hechas a desgano. Estas casas que se sostienen más por terquedad que por cálculo. Y me pregunto si de verdad se merece esto.
Me pregunto qué veremos en unos cincuenta años más. Cómo será Coyhaique entonces. Si el frío habrá aprendido a perdonar. Si el viento seguirá mandando. Si los muertos serán menos o sólo más silenciosos.
Si alguien, desde algún lugar tibio, seguirá diciendo que aquí se vive,
cuando en realidad aquí se resiste.
Y mientras la nieve sigue cayendo —porque siempre sigue cayendo—,
uno aprende que este pueblo no pide futuro. Pide memoria.
Pide que alguien, alguna vez, diga en voz alta que sobrevivir aquí
fue siempre una forma feroz de coraje y valentía.

