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Por Claudia Wool , 12 de noviembre de 2025 | 22:36

Tejiendo sobre ruedas: La cómoda jaula de la "gente como uno"

  Atención: esta noticia fue publicada hace más de 25 días
Claudia Wool, artista textil y periodista. Vive viajando por el mundo con su familia en una casa rodante.
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Wittgenstein dijo que los límites de nuestro lenguaje son los límites de nuestro mundo. Pero, ¿qué pasa si el "lenguaje" no son solo palabras, sino las reglas no escritas de la cultura que damos por sentadas?

Por Claudia Wool*

"Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo". Me topé con esta frase del filósofo Ludwig Wittgenstein hace poco y me quedó dando vueltas en la cabeza.

La interpretación obvia nos lleva a los idiomas. Si no hablo alemán, por ejemplo, mi mundo es más pequeño porque no puedo leer a Goethe en su lengua original. Es cierto, pero me parece una visión limitada. ¿Qué pasa si entendemos "lenguaje" no solamente como el idioma que hablamos, sino como nuestro software mental? Ese conjunto de reglas no escritas, suposiciones, prejuicios y estereotipos con el que definimos la "realidad" y lo "normal".

Este software no lo programamos nosotros desde cero; lo heredamos. Es el sistema operativo que nos instala por defecto nuestra familia, nuestro colegio y nuestra cultura. Nos entrega un paquete de definiciones predeterminadas: "las cosas se hacen así", "esto es el éxito", "aquello es el fracaso". Este programa funciona en piloto automático, y su objetivo principal es darnos una sensación de control y protegernos de la temida incertidumbre.

Si es así, la frase de Wittgenstein se vuelve una herramienta radical para entender nuestra propia vida.

Antes de subirnos a nuestra casa rodante de 14m², mi "lenguaje" era amplio, pero estaba claramente definido por mi cultura y mi entorno. Contenía las palabras "éxito", "familia", "rutina" y "seguridad", todas con un significado muy concreto. Pero el viaje vino a dinamitar ese diccionario.

Recuerdo un día en una lavandería de autoservicio en Bélgica. Estábamos, mi marido, mi hijo y yo, frente a la tecnológica máquina sin entender cómo funcionaba el sistema de pago, que era completamente distinto a los que ya habíamos usado. Mientras intentábamos traducir las instrucciones con nuestro teléfono, de la nada apareció un hombre. Notó nuestra confusión y, en un inglés básico, simplemente nos preguntó si necesitábamos ayuda. Nos explicó el proceso, nos acompañó mientras pagábamos y, antes de que pudiéramos agradecérselo apropiadamente, se despidió y desapareció.

En mi "lenguaje" anterior, la amabilidad tan desinteresada de un extraño absoluto era, como mínimo, sospechosa. Uno espera que el otro quiera algo a cambio. Ese día, mi mundo se expandió, porque mi lenguaje acababa de aprender una nueva "palabra": la de la generosidad anónima como un hecho cotidiano en un país desconocido.

En otra ocasión conocimos a una pareja de españoles encantadores. Llevan más de veinte años juntos, visiblemente felices y compañeros, pero viven a 500 kilómetros de distancia el uno del otro. Se ven cuando pueden y quieren. En mi software mental, esa fórmula no existía; no cabía en mi definición de "pareja exitosa". Sin embargo, al verlos y escucharlos, mi diccionario se actualizó. Mi mundo se hizo más grande, porque ahora entendía que existían otras formas de afecto igualmente válidas.

Lo que hace el viaje, y en particular esta vida nómada, es quitarnos el piso de lo "normal". Desactiva el piloto automático. Cuando nada es predecible, desde dónde vas a dormir hasta cómo pagar por un lavado, no te queda más remedio que volverte permeable, observar y reaprender. Cada día es un desafío directo a ese software heredado.

Esta vida nómada me ha obligado a aprender constantemente nuevos "lenguajes" que no son idiomas. Y con cada uno, los estereotipos caen como muros de cartón. La mente se vuelve más flexible, más empática. Mi mundo es, hoy, infinitamente más amplio que hace tres años.

Pero no quiero que creas que es requisito necesario venderlo todo y comprar un pasaje de avión para lograr esta expansión. La verdad es que la mayoría de las veces, el mayor desafío no es el lugar geográfico, sino nuestra propia comodidad, nuestra comodidad mental.

¿Todavía se usa el concepto "GCU"? 

Inconscientemente, tendemos a construir nuestra vida rodeados de lo que coloquialmente llamamos “GCU”, es decir, gente como uno. Vivimos en barrios donde la gente piensa relativamente parecido y tienen vehículos similares (o no los tienen), nuestros hijos asisten a colegios con familias que pertenecen más o menos a nuestra misma clase social, y nuestros amigos más cercanos suelen ser un espejo de nosotros mismos.

No tiene nada de malo; es humano. Buscamos la comodidad y la seguridad de quien "habla" nuestro mismo "lenguaje". Nos han enseñado a alejarnos de lo diferente. Lo "diferente" es incómodo, es impredecible y, según ese viejo software, es "peligroso". Por eso construimos nuestras vidas como pequeños fuertes. El problema es que todo fuerte es también una prisión. Nos protege, sí, pero también nos aísla. Vivir rodeados de "Gente Como Uno" es vivir en una cámara de eco: nuestras propias opiniones nos rebotan de vuelta, validadas, reforzadas, pero nunca desafiadas. El mundo exterior se vuelve borroso, una caricatura que solo conocemos por los titulares o el prejuicio.

El problema es que esa comodidad tiene un precio. Nuestro "lenguaje" se estanca. Y si nuestro lenguaje se estanca, nuestro mundo deja de crecer. Se convierte en una jaula cómoda, predecible y, finalmente, limitante.

La buena noticia es que podemos romper esa jaula con "micro-exploraciones" en nuestra propia ciudad. La invitación es a buscar, deliberadamente, a gente que no es como uno (GNCU).

Una de las formas más simples y profundas de hacerlo es inscribirse en un curso o actividad que nunca hayamos hecho, solo por diversión. Un taller de manualidades en la Junta de Vecinos, una clase de yoga del Instituto de Deporte, un voluntariado en un canil municipal o en una agrupación de protección animal.

El objetivo real no es la meta; no es aprender a bordar el mantel navideño o lograr la postura de yoga perfecta. El objetivo es el proceso: sentarte al lado de alguien que tiene una vida, una opinión política y unos problemas que no tienen nada que ver con los tuyos.

Al principio es incómodo. Quizás te sientas fuera de lugar. Escucharás conversaciones que te parecen extrañas, o incluso que contradicen tus creencias más firmes. La primera reacción, programada por nuestro software de "GCU", es juzgar o retirarse. Pero la magia ocurre si nos quedamos. Si, en lugar de juzgar, preguntamos. Si, en lugar de retirarnos, simplemente escuchamos. Descubrimos que esa persona, que en el papel es un "otro" absoluto, comparte miedos, esperanzas y un sentido del humor que reconocemos.

Ese es el verdadero viaje. Escuchar su "lenguaje", entender sus códigos, constatar que tus prejuicios no eran más que eso. Ahí es donde la mente se expande. Ahí es donde los límites de tu mundo se rompen, quizás a solo quince minutos de tu casa.

Wittgenstein tenía razón. Nuestro mundo es tan grande como el "software" que usamos para interpretarlo. Podemos pasarnos la vida afinando el mismo programa de siempre, o podemos, activamente, instalar nuevas aplicaciones. Aprender el "lenguaje" de un oficio manual, el "lenguaje" de un vecino con una historia opuesta a la nuestra, o el "lenguaje" de la amabilidad de un extraño. Cada uno añade una nueva textura al tejido de nuestra vida, volviéndolo más rico, más complejo y mucho más interesante. 

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* Claudia Wool es artista textil, periodista y viajera. En esta columna reflexiona sobre cómo los "idiomas" culturales definen nuestra realidad. Síguela en su canal de YouTube @diarioviajero2.0

 

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