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Por Oscar aleuy , 3 de agosto de 2025 | 00:13Aysén y sus pueblitos: algo que se veía venir
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Aysén tiene esa forma de ser que permanece todavía como un ropaje de finos destellos del que nos jactamos y presumimos. Hubo en los principios cierto coraje para enfrentar la gesta de una muy difícil creación. Hoy podemos contarlo sin tapujos.
Hay en ciertos rincones del tiempo algunas fotos olvidadas por ahí en medio del revuelo de los tiempos. Veo, por ejemplo, una silueta militar, un tal capitán Emeterio Gómez con el cuerpo rígido y severo frente a Marchant, en medio de un intenso aroma a formalidad. En esos mismos momentos, el capitán pronuncia su dedicado discurso, exaltando el alma de los colonos y la necesidad de haber llegado a esta determinación de darle el nombre de Baquedano a un pueblo que comienza a aparecer, que se ve venir.
La foto que describo cuelga de una pared del fondo de mi casa. Gómez está de pie y pronuncia un discurso de dos o tres hojas no tan blancas. Se ha construido un pequeño proscenio clavado malamente y parece que su cuerpo leyendo se fuera en cualquier momento a caer sobre el pasto blando de la pampa. A su alrededor, vecinos tempranos, los más valientes. Los que se atreven a aceptar la propuesta silenciosa de una casa bruja construida por Juan Carrasco cerca de las confluencias en medio del viento frío de Octubre de 1929.
Me acerco con cautela y caballerosidad a Ciro Arredondo, que en ese entonces es alcalde de Puerto Aysén, hombre muy amante de la naturaleza, y que pronto se hace de una gran cantidad de amigos que le acompañan en sus gestiones de alcalde y de agente de la Caja de Ahorros. Un hombre poseedor de un gran don de mando y un carácter enérgico y bonachón. Al decir de la mayoría, una personalidad un tanto extravagante y pintoresca, a la que le gusta compartir, reír, idealizar el futuro y darles fuerzas a las organizaciones a su manera. Le hablo a los gritos pues ahora cae la segunda lluvia con ruidos fuertes del temporal.
Un robusto y alto personaje de nombre Konstantin Kalström es el encargado de los puertos, sueco de nacimiento, de espíritu inquieto y aventurero, lleno de los bríos de una juventud que le hace recibir muy bien los primeros tiempos de un pueblo. Kalström, al igual que sus compañeros en la firma de la solemne acta de fundación, no calibra en esos días la resonancia que tendría el simple hecho de firmar un papel medio amarillento más cerca del roneo que del blanco. Al sueco la gente lo recuerda como retraído y reservado, aunque confiesan que es muy gentil y extravertido durante el trato con los iguales y que sostiene largas conversaciones sobre Europa la guerra, rodeado de sus amigos personales. El siguiente es Roberto Butrón, el lugarteniente de Marchant, su brazo derecho, consejero, acompañante durante las históricas jornadas de viajes y fundaciones. Butrón maneja en el testimonio de quienes le conocen, la bondad, la organización, la diligencia, la caballerosidad y el desusado entusiasmo para acometer los desafíos que le plantea ese tiempo especial de conquistas y descubrimientos.
¡Qué momento! No puedo pasarlo por alto. No es fácil olvidar instantes así, llenos de jocundia y una de circunstancias y valores insuperables.
Un tal señor Chocana

No puedo dejar de referirme a Tránsito Cárdenas. Es conocido como don Chocana, aunque muy pocos conocen el motivo. En los suaves lomajes que convergen al río Coyhaique, se encuentran los sitios que la Sociedad le entregara cuando llegó al territorio en 1905 a trabajar como capataz de ovejeros en la Estancia de la Sociedad. Se ha quedado así, con el apellido y la muletilla antecedente: Don Chocana.
Primero es destacado hachero en las cuadrillas contratadas por los hermanos Sanhueza y Dun. Es capaz de derribar un coigüe en diez minutos. La Pampa Chocana parece una extensa meseta que se utiliza como espacio de pruebas de vuelo de la Dirección de Aeronáutica.
También diviso aquella mañana de 1929 a un hombre interesante que el año antes ya trabaja en El Balseo construyendo el puente. Llega a Aysén en 1912, desempeñándose como Oficial de Obras y Maestro Mayor en Puerto Aysén. Dos años más tarde se arrima al interior, ocupando cuadros de la compañía en medio del monte colgado y la montaña virgen. Su rancho es armado con palos parados atados con tientos y varas con horcones, techo de paja y barro. La montaña de esos tiempos, cerca de la costa del río en la Ensenada, alberga sólo a un mortal, el paisano mapuche Ñancufil.
Liborio, la Gioconda, un pedacito de pampa
Me encuentro con Liborio Oyarzún que ha llegado de Chonchi en el Chacao, bajando en el muelle de la Ferronave. Me hace reír una tarde de entrevistas, con Javier. un chico que nos acompaña, Javier, el hijo único de Gioconda que me acompañó a buscar Pioneros a Guadal, Chile Chico y otros poblados en 1989. Fuimos en la micro de no sé quién que se tomaba no sé dónde. Pero llegamos y nos trajimos maravillosas voces grabadas, en medio del silencio de los buses compungidos de Coyhaique, donde nadie habla mucho.
Liborio nos cuenta que al día siguiente muy temprano, en medio de los cipresales y la tupición de matas, con dos amigos y un pilchero comenzó el largo viaje hacia La Pampa del Corral. Al pasar por El Balseo se encontraron con una balsa pequeña con cable, el retén a un costado del puente y una posada de alojamiento para los caminantes. Era esa una huella distinta a la de la ruta, y que todo lo que es el río actual lo ocupa la huella antigua, pero el agua ha ido carcomiendo las riberas y ensanchando el río.
Nos hace reír cuando nos cuenta su historia. El hijo de la Gioco se junta con el nieto y se ríen en secreto. Al llegar al valle del Coyhaique, hay dos casas y un pedazo de pampa. Sin que nadie le pregunte, dice que están resguardadas por una lluvia fina que ha empezado a caer y que bajo unos quilantos hay un pedacito de pampa bien chiquito donde estaba la botica de la señorita Amalia, y que esa parte venía siendo bien especial porque era la única que tenía un pedacito de pampa bien chico y entonces después uno lo único que veía era una pura montaña y más al centro un corral de varas pa’ que agarren caballos los que pasaban de a pie aquí hasta la compañía, y después para la Argentina. La voz de la Liborio es fuerte y aguda.
Pero ya la compañía tiene la estancia de Coyhaique Alto, Baño Nuevo y Ñirehuao, así que pasan y alojan ahí y al otro día van hasta los corrales a hacerse de uno de esos caballos que les dicen marcarruedas, porque están señalados con una A encerrada en un círculo. Y en ese tiempo hay facultad para que cualquiera que se encuentre de a pie pase a agarrar un caballo de esos, siempre que después cuando vuelva, lo pase a devolver en la primera comisaría que encuentre y entonces los carabineros se encarguen otro día de entregarlo.
El rumor de un segundo Juan Foitzick
La noche los ha encontrado en El Blanco y lo único que ven por esos lados son unas casas pequeñas de los Cadaganes y los Foitzick. Un jueves de lluvia y viento, don Isidro, viejo campesino tuerto de Panguilemu, mientras mateamos cerca de la tranquera, me cuenta que alambra lindo y tupido en esos tiempos del 28 y también hace de esquilador para los ingleses.
Ese mismo día recibe la noticia inesperada que a Ismael Muñoz Pérez con apenas 16 años, gran hachero y trabajador de carros junto a Calluqueo del Caro, le han venido a decir que otra casa bruja ha aparecido en una noche como la anterior, allá en las tierras de Juan Foitzick de Conales, casi un año o dos después de las fundaciones. Justo ese día se junta la llegada de uno de los primeros huasos luciendo montura de cangalla y estribos de chancho y no se le hace muy difícil la amistad con los administradores que le cuentan sobre una pega para él y que vaya a hablar inmediatamente con el capataz. Y entonces le dan un caballo arisco. Y el huaso no sabe eso y sólo se viene a dar cuenta cuando está ensillándolo y dice se nota a lo lejos que esta mierda es arisco, pero muy arisco. Algunos mirones le siguen sus movimientos, otros comentan la fama de bellaco del matungo. El afuerino está siendo observado, pero no se amilana y prosigue con su faena como si nada ocurriera, aunque el animal que tiene al frente no es fácil. Coloca riendas con dificultad, saca un tiento de la montura y acollerea los chanchos por debajo de la panza. Basta sólo eso para que se alce un nuevo murmullo y vuelen los chismes:
—Parece que este varón sabe harto de animales.
Después de acollerarse se calza un par de espuelas, monta el caballo entre relinchos y patadas y lo jinetea los minutos que quiere. Días más tarde el viejo Morales encuentra al capataz Muñoz Pérez y le encarga un cerco de volteada y lo lleva a verlo para enseñarle.
—Voy a viajar al norte paisano. Téngame usted el cerco listo en unas dos semanas. Y lo tiene antes de los 18 días. Lo mismo con un baño de ovejas, el que concluye en un mes valiéndose tan sólo de su hacha de mano. Respiran por entonces los amaneceres y los atardeceres, día a día, inexorablemente. Yo me encuentro con los Garridos y los Orellanas que vienen a buscar vicios a la estancia. Otros días llegan de paso los Contreras de Balmaceda, acompañados en sus carros por los turcos Pérez y Aseadín. Dadas así las cosas, es probable que todos esos futuros primeros habitantes se muevan indistintamente tanto por entre los entornos del pueblo nuevo como por los barriales de los arroyos y vertientes del Divisadero. Corren y gritan las chicas Arévalo. Sonríen con su blanca dentadura al sol, y parecen bailarinas de kermesse.
Falto a muchas otras citas, desisto de algunas, me pierdo con amigos y las chicas esas me vuelven a salir al paso. Mientras, se escuchan por las tardes quiquiriquís de gallos, martillazos incesantes y ronronear de sierras, soy capaz de sumirme en un infrecuente ensueño de vacíos.
La escuela del profesor Quintana
La pampa me muestra con prestancia y señorío a un inquieto profesor corriendo junto a los chicos para ir a buscar cajones y utensilios que traslada a un galpón viejo en el centro de una pampa. Es la nueva escuela, con mamparas de madera delgadita y enseres tomados de los propios apoderados, los que son pedidos a las comadres lejanas, a las familias con maderas de sobra o muebles que no caben en sus pequeñas viviendas de mediagua. Es un espectáculo ver correr a esos niños jadeantes y estimulados por ese profesor inquieto, el gran Pedro de Baquedano, el que además ha tenido que correr él mismo detrás de las matrículas, de casa en casa, a galope tendido. Hasta que consigue unos treinta para empezar. Y se deja venir de lejos con martillos o serruchos, acarreando cosas, cajones, tablones, muebles, madera para hacer el pizarrón y la mesa del profesor y un puntero que le puede quedar tan derecho como lo quiere. Pero ya se está haciendo todo, ya se paran las casas, se yerguen los varales, todo con ayuda de sus chicos primeros alumnos, al parecer queriendo crecer él mismo con el paso de los días, en algo que está por nacer y que nadie conoce.
Años después se ve mucho más antiguo y viejo, preocupado en los recintos del rodeo por el desfile de animales de raza, o simplemente en las marchas de la chilenidad, todo vestido de huaso, altivo y desafiante en medio de la pampa sola. Se siente un entusiasmo desbordante en los momentos que aparecen sus rostros pioneros armando el pueblo, que recorren, que van a las fiestas, a las competencias. Me escondo para que no me vean y me gusta espiarlos desde los coligües, absortos en sus sanas intenciones, quiero que pase el tiempo del nacimiento y se traduzca eso en un límite con la gran ciudad albergando casas, vecinos, actividad y barullo.
Farellones a lo largo del río

Hacia el sur van pasando un día las primeras nubes negras del invierno. Resuenan las horrendas explosiones de las rocas del Farellón. Cómo no disfrutar esas contadas, si cuando las escucho por primera vez cincuenta años después, aún se siente el olor de la pólvora y los gritos destemplados de los barreteros colgados de la pared rocosa. He visto caer a algunos desgraciados y reventarse sobre las piedras que se precipitan sobre el lecho del río. La añosa y grande casa alta de los Huichalao parece una mueca enclavada en medio de todo, rodeada de álamos y unos sauces llorones. Un hombre que cuando niño ya sabe montar matungos y arrear briosas bestias de la mano de su padre viejo José, el chilote del ojo tapado. Hay dentro de la casa humilde una familia, una mujer y algunos chicos y él viene llegando de trabajar con el capataz Juvenal Ross Abellot, un ladino y amable jefe de patios que lo acepta como bueyerizo, acompañante de los manejadores de carretas y los arreadores de bueyes de largo aliento.
Al día siguiente, ahí donde se ven algunos humos del incendio del jueves, se queda a cargo el cocinero Demetrio Salazar y aun así le gustaba ir a conversar monte arriba con el gringo Emil, domador de bueyes, con el que va a aprender algunas cosas del oficio. Son bestias resistentes que usan para ir a buscar vicios en carretas a la Aldea Beleiro y donde les gusta juntarse a conversar sobre los viajes y trabajos con los capataces de ovejas Gumercindo Ortega que vive en Las Salinas cerca de Esquel y con Segundo Cares, arranchado cerca del Chalía. Casi siempre tiene que vérselas con un grande señor y fornido jinete de nombre Germán Igor, que está encargado de los bellacos y garañones, cuya foto desgarrada descubro cierta tarde de grandes incendios, contigua a una pared de papel mural café oscuro, casi quemada también por el calor reinante de los años de las llamaradas.
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Es una imagen viva de ese viejo zorro de los montes con el hacha en la mano observando a sus animaladas en medio del aroma de las últimas fritangas de tortas amasadas encima del cojinillo. Llega a la misma hora y en la semana, un huaso a Baquedano, el primero. Le llaman Bahamondes y acompaña a ciertos gordos compradores de animales de la zona central, unos tales gringos Oelckers y Bachler que manejaban una verdadera empresa junto a mentados compadres de la vida, los muy especiales Altuna y Echeverry, Romilio Villalobos y Héctor Fuenzalida, en tiempos distintos, cuando los embarques se efectúan directos a Valparaíso, sin intermedios ni recaladas.
¡Qué duda cabe! Las viejas fotos arrugadas con rayones y dobleces imposibles, se parecen profundamente a las voces que vuelven a contarnos a Aysén. Desde el principio.
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