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Por Oscar aleuy , 6 de octubre de 2023 | 23:46

La notable historia de la capa del obispo en el Coyhaique de 1930

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Los nombres de Amalia Vidal, primera farmacéutica, y del obispo Michelatto se unen hoy en una divertida contada (Fotos Archivos digitales NLDA)
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Cuando Coyhaique se llamaba Baquedano podían ocurrir situaciones que movían a la risa y al relajamiento colectivo. Crónica del escritor Óscar Aleuy.

La anécdota ha corrido por muchos años de boca en boca entre los antiguos coyhaiquinos de Baquedano de 1930, gente que vivió arrinconada cuando llegó la fundación, y que inexorablemente perdieron sus espacios de identidad para sentirse como en corral ajeno a pesar de vivir en su propia casa.

En 1942 cuando recién se estaban instalando los religiosos Siervos de María, existía una bien organizada sociedad de damas católicas que colaboraban afanosamente en obras de bien público recolectando dineros para situaciones benéficas. Un muy recóndito poblado de Baquedano, mostraba distancias y raleos eternos, donde cualquiera que pasara por ahí oía cantar el gallo y no tenía idea dónde era.  Por esos días, el obispo de Aysén Monseñor Antonio Michelatto acostumbraba mostrarse en los caseríos y adentrarse en los tupidos calafatales para compartir directamente con una feligresía indiferente los más recónditos orígenes. En otras palabras, más que rezar por sus almas y las de otros, conversaban, dialogaban y la pasaban bien, única forma de sentirse unidos en una pobladía que llevaba meses con hambre de contacto y conversatorios.

 

La idea de la capa del obispo

Un día, entreverado en otros temas de común manejo, alguien comentó medio en serio, medio en broma, que al obispo la hacía falta una capa.

―Sí, claro, no faltaba más, si ya están llegando las heladas.

––No se vería mal Monseñor con una capa nueva. Anda bien desabrigado y ya está por entrar el invierno.

JUAN ANTONIO MERA, primer talabartero del poblado, fue quien me contó la historia. Su voz se encuentra en los archivos sonoros del Museo Regional.

La noticia corrió como reguero de pólvora y pronto llegó a oídos de las damas de la acción católica, quienes a tiempo sobrado comentaron que deberían citar a una reunión. Y para eso, la más entusiasta, doña Amalia Vidal, el alma de la fiesta, ofreció su casa de esquina en Bulnes y Parra. Ahí entre las balaustradas y la escalera curva de dos tramos se reunieron para dar el vamos a una primera campaña de recolección de fondos. El trámite sería de lo más simple, toda vez que en el pequeño pueblito no había más de cien personas, y por esas cosas del destino, no todas aceptarían colaborar, sabiendo que los fondos de la curia provienen de los altos niveles de la teocracia vaticana. Pero, por otro lado, se sabía que las reacciones de la poblada eran singularmente entusiastas para todo tipo de campañas de bien público. 

El mentado grupo de damas católicas estaba formado por las recordadas Amalia Vidal, la farmacéutica, Berta Rodríguez Jarpa a la que le faltaba poco para convertirse en la señora del alcalde, Julia Bon, una enfermera recién egresada ya convertida en partera y matrona muy proclamada y respetable, además de otras señoritas de la comunidad. 

Pasó una semana y las damas echaron a correr la noticia, anunciando que se iba a iniciar una especie de Campaña pro Fondos para la Capa del Obispo. Cuando la cruzada comenzó a tomar cuerpo, muchas personas, hombres, mujeres y familias, ya iban sin que las llamaran a dejar sus colaboraciones a la mismísima botica de doña Amalia, la que abría la mano y sonriendo anotaba la cifra en una libreta y guardaba el dinero en una pequeña caja fuerte adosada cerca de la cámara y los atizadores.

JUAN MACKAY FALCÓN, treinta años después, cuando ya no era jinete en la estancia (Foto Archivo Digital Grupo NLDA)

Toda la semana transcurrieron los febriles preparativos de la comisión organizadora, hasta que un día alguien se le acercó a doña Berta para soplarle al oído que mañana era día de pago de los trabajadores de la estancia Coyhaique.

La señorita Amalia, a la sazón la paladina del grupo, también fue muy visitada por esos días. Se puede decir que la más importante presencia fue la del capitán de la primera Compañía de Bomberos, don Pancho Colomés, que también le anunció la conveniencia de acercarse cuanto antes para reunirse con los peones y realizar una colecta cerca de las oficinas.

––Le sugiero ―dijo–– que suban a la estancia. Empezaron a pagar los jornales hoy temprano. Y me parece haber escuchado que los jornaleros quieren mucho a monseñor.

Las mujeres consiguieron un carro de un caballo y al día siguiente emprendieron viaje a la estancia luego de sortear el Puente de la Cruz. Una vez ahí llamaron a míster Anderson para solicitar la autorización correspondiente, y cuando eran las doce, hora de descanso y refrigerios, se reunieron cerca de la pulpería. 

El discurso de la señorita Amalia

En presencia de los rudos peones, en una atmósfera de bestial cansancio y sabiendo del relajo que sucede a la hora del pago, una sonriente señorita Amalia se adelantó al grupo y comenzó a hablar con voz convincente:

––Nosotras, las damas de la Acción Católica de Baquedano, queremos solicitar su atención para que cooperemos todos los que estamos aquí con el dinero que crea cada uno necesario para una colecta que hemos llamado campaña pro-fondos para la capa del obispo. Este beneficio es para el bien de nuestro querido monseñor Michelatto, al cual hemos venido observando día a día, notando lo necesario que es para él una buena capa, especialmente por los días helados que nos encontramos soportando. 

El discurso hizo reflexionar a todos los presentes por lo claro y preciso de los argumentos, logrando esas frases calar hondo en el corazón de los estancieros. Algunos seguían fumando, los más inquietos se miraban confundidos, otros agachaban la cabeza y daban una vuelta para regresar. La señorita Amalia prosiguió luego de la primera pausa:

––Monseñor necesita una capa, porque el invierno se acerca y creo que ha llegado el momento en que sus feligreses se preocupen de su salud y su integridad. ¿Estarían ustedes de acuerdo...? ―preguntó.

La inesperada respuesta de Mackay

Fue en ese momento que, entre el grupo, apareció la figura de uno de los trabajadores. Era el inconfundible capataz Juan Mackay Falcón, un hombre ducho en materia de animaladas y un ser divertido y chispeante a la hora de los relajos. Sin dejarla continuar, levantó la mano y con su voz intencional y divertida le respondió:

––Señorita Amalia, está muy bien lo que usted nos dice y muy lindo se oye también. Yo conozco mucho al obispo Michelatto y sé que esto podría significar mucho para él. Sin embargo, me parece un poco exagerado hacer una colecta para esto. No es para tanto, sabiendo cómo somos los gauchos de la estancia, especialmente los que sabemos de esto. Por eso mi pregunta es la siguiente: ¿Pa’ qué mierda se va a preocupar un grupo de damas católicas de juntar dinero para la capa del obispo? Mejor me lo trae a mí y yo mismo, aquí donde estoy se lo capo gratis, sin dinero y sin colectas. ¡En un rato no más, le dejo al obispo capado y sin pasar por ningún trámite!

Junto con inundar el aire silencioso de la estancia con estentóreas y desvergonzadas risotadas, Juan Mackay había mandado una de sus comentadas tallas, seguramente la más genial de todas. Al alboroto producido por esa respuesta espontánea acudieron varios administradores, los que optaron por disgregar la reunión, pidiendo disculpas a las damas presentes, que se retiraron minutos más tarde, azoradas y humilladas.

La broma me la contó con pelos y señales el talabartero Juan Antonio Mera antes de morir, cuya voz se encuentra entre los archivos del Museo Regional Aysén. La ocurrencia, singularísima y famosa, recorre todavía las escasas reuniones de los antiguos y es motivo de recordación para un gran hombre del pueblo como fue Mackay, capataz de estancia y huaso chispeante de Osorno, vecino del naciente Coyhaique.

 

OBRAS DE ÓSCAR ALEUY

Óscar Aleuy, escritor coyhaiquino

La producción del escritor cronista Oscar Aleuy se compone de 19 libros: “Crónicas de los que llegaron Primero” ; “Crónicas de nosotros, los de Antes” ; “Cisnes, memorias de la historia” (Historia de Aysén); “Morir en Patagonia” (Selección de 17 cuentos patagones) ; “Memorial de la Patagonia ”(Historia de Aysén) ; “Amengual”, “El beso del gigante”, “Los manuscritos de Bikfaya”, “Peter, cuando el rock vino a quedarse” (Novelas); Cartas del buen amor (Epistolario); Las huellas que nos alcanzan (Memorial en primera persona). 

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